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Los relatos antiguos de de Colón, aún susurran el escalofriante secreto de la casa de don Amado de la Mota. No era solo un hombre acaudalado, dueño de haciendas y compadre de Tomás Mejía; se dice que en su casa de descanso en Tolimanejo, un oro maldito yace oculto, una fortuna tan vasta como la desgracia que trae.

El tiempo, cruel y devorador, redujo la opulenta morada a ruinas, un cascarón vacío donde solo el viento gemía. Para muchos, fue la señal, con picos y palas, cegados por la codicia, comenzaron a profanar los restos de la casa, rasgando muros y pisos, convencidos de que un túnel secreto guardaba el ansiado botín.

Pero la búsqueda no era un simple juego. Aquellos que se aventuraron en sus entrañas no encontraron solo oro, sino algo más oscuro. Las paredes parecían respirar y, susurros helados se colaban en sus mentes, prometiendo riquezas a cambio de un precio inconfesable. Se dice que el espíritu de don Amado, o quizás algo más antiguo y maligno, custodiaba su tesoro con un celo infernal.

Muchos lo intentaron, pero ninguno lo logró. La fortuna de don Amado no solo sigue oculta, sino que permanece encantada, custodiada por una presencia que no permite que la luz del sol caiga sobre su brillo. Es un oro que no está destinado a ser encontrado, un tesoro que, quizás, no solo te entregaría riqueza, sino también tu alma.

¿Te atreverías a buscar lo que tantos han codiciado y fracasado en desenterrar, sabiendo que el verdadero precio podría ser más alto que el oro mismo?

Autor: Cristóbal Vega Prado – Cronista Municipal.

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