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Con el tañer de campanas se rompe la quietud de la fría tarde de invierno, es diciembre y las posadas ya comienzan. De la Parroquia de San Francisco Tolimanejo y de la Basílica de Soriano, salen las procesiones con el “Misterio de los Santos Peregrinos”, para recorrer los barrios de la cabecera municipal de Colón. El fervor y la alegría entibian el ambiente de fiesta y reflexión, a pesar del duro cierzo invernal.

Los fieles forman dos columnas detrás del Misterio; primero los niños y detrás o a un costado los adultos, pero todos entonan la letanía de la Virgen María. Por las calles del barrio se aprecian los adornos multicolores en papel de china y las luces destellantes ambientan el sentir festivo; los aromas deliciosos de las frutas del hirviente ponche, los tamales y buñuelos, despiertan la sonrisa de los infantes ansiosos por pedir posada. Después, la multitud se dispone con fruición a quebrar las piñatas y formarse para los bolos, consistentes en bolsitas con dulces, galletas y fruta.

Para el día 24 del mismo mes, el Nacimiento de la Basílica Menor de Soriano luce en todo su esplendor con esferas, escarcha, figuras de pastores, las esculturas de San José, la Virgen María y el Ángel; en el pesebre, la paja acomodada delicadamente para acostar al Niño Dios. Al finalizar la Celebración Eucarística, los fieles se encaminan al centro del altar, para acercarse al Niño Jesús, darle una muestra de amor y veneración con un beso en sus mejillas, manos o pies.

En la Basílica de Soriano, hay una devoción especial a una escultura del Niño Dios, conocido en la región como el “Niño Dios de las Rosas”. Él es quien engalana el Nacimiento, los fieles se postran a sus pies, atraídos por los milagros recibidos y por la belleza  de la escultura, que con tierna mirada apacigua los sinsabores espirituales. A Él se elevan las plegarias, el agradecimiento, la oración, aprovechando la feligresía que ahora lo pueden besar o tocar al no estar en su acostumbrada urna protegida con grueso vidrio.

Al estar en su contemplación, la paz inunda el alma, pareciera que dijera tantas cosas: un llamado a la oración, a la humildad, a la caridad, la misericordia, el amor… una bendición para estas tierras siempre fieles y un motivo más para conocer Colón y la historia de este querida imagen del Dios Niño, que  me fue relatada por mis mayores.

En 1867 las beatas de la comunidad Santa Rosa de Viterbo fueron exclaustradas, iniciando con ello, un largo y penoso peregrinar, con la incertidumbre de su futuro como comunidad religiosa y sufriendo hambre y sed durante el trayecto. Ellas, acostumbradas a la vida conventual, de recogimiento y oración, ahora se enfrentaban a lo desconocido, al mundo más allá de los muros del beaterio, muy lejos de lo que fue su casa.

En su huida sin rumbo fijo, pasaron  por La Griega, Peña Blanca, San Miguelito, San Pedro Tolimán; estableciéndose definitivamente en Tolimanejo (hoy Colón) el 15 de septiembre de 1868, en la casa del hermano del Padre Gutiérrez.  (Del manuscrito de la Madre Encarnación del Sagrado Corazón de Jesús, 1904). Algunas de manera aislada se refugiaron en la capilla de la Inmaculada Concepción en la cabecera municipal de Cadereyta.

Al frente del grupo que se estableció en Colón iba sor María Teodocia de la Concepción y cuatro profesas más: sor Refugio de la Preciosa Sangre, Concepción del Santísimo Sacramento, Encarnación del Sagrado Corazón de Jesús y Dolores de Jesús Crucificado; y que fueron las religiosas del Real Colegio de Santa Rosa de Viterbo que formaran la nueva comunidad en Tolimanejo. (Cabrera, 2014, p. 33).

La fe, su tenacidad y arrojo les ha llevado a  sobreponerse ante la persecución y los peligros eminentes durante su larga travesía. En el fondo, el sentimiento que compartían era el no dejar morir la orden y la enseñanza de San Francisco de Asís. Es así que comenzaron en Colón una vida apegada a la pobreza, el servicio y la caridad.

En su exclaustración, trajeron consigo las esculturas de Santa Rosa de Viterbo y el Niño Dios de las tres potencias o el Niño Dios de las Rosas; así conocido por los habitantes de esta población. Este hecho, lo narra la Madre Paz, la última de las Rosas[1], en entrevista para el Diario Noticias, realizada por José Manuel Escobedo (4 de mayo de 1987):

 “lueguito que yo llegué, al poco tiempo me siguió el Niño y la Santa, pues un Padre de Querétaro dijo que si nosotras estábamos acá, ellos también debían acompañarnos. Siempre habían estado con nosotras desde el primer convento (ubicado frente al Jardín Héroes de la Revolución, en Colón) así que nos volvimos a reunir (calle Francisco I. Madero No. 122) y aquí hemos estado juntos siempre”. (Cabrera, 2014, p. 122)

Después de casi sesenta años en relativa calma, las religiosas fueron exclaustradas del convento de Colón, el 19 de diciembre de 1926, durante el movimiento cristero. Algunas volvieron a su lugar de origen, otras se refugiaron con las familias piadosas de esta población. 

Las que se quedaron realizaban diversas actividades para su manutención: enseñaban el catecismo por cinco centavos a la semana, vendían escapularios, dulces de leche, galletas, ropa para el niño Dios y los polvos de la “Madre” Celestina (no fue profesa pero vivió hasta sus últimos días bajo las reglas del convento) que hacía con yerbas como “oreja de ratón”, “la gobernadora” y la “yerba del perro” y los vendía a veinte centavos, para el espanto y otros padecimientos. El dicho de la gente de aquellos tiempos era: “Con los polvos de la Madre Celestina todos se paran y caminan”.

Sin duda alguna, aquellos dulces elaborados con tanto amor, dejaron huella en los que ahora son adultos, esto se confirma cuando aquellos rostros, curtidos por el sol, esbozan una sonrisa al recordar cuando su mamá los tomaba de la mano y al pasar con las “rositas” era seguro que probaran esta delicia.

Era común ver a las beatas rosas al asistir a Misa a Soriano o a la Parroquia de San Francisco en la cabecera. Vestían siempre de faldas de color oscuro, mandil de cambaya, naguas largas y rebozo de color negro; pelo recogido con un molote. El hábito lo usaban cuando alguna religiosa fallecía, la toca[2] era de color negro, el cuello de lino blanco y de gruesa lana el hábito ceñido por el cordón franciscano.

Las últimas religiosas vivieron en la calle Francisco I. Madero No. 122 frente a los portales de la Palestina, lugar donde murió la Madre Paz Garduño. (Cabrera, 2014, p. 111)

En esta casa vivieron la Madre Superiora, Sor Guadalupe Becerra,  la Madre Pilar, la Madre Luz, la Madre Paz y Celestina, quien era la portera y  encargada de vender los escapularios, la fruta de horno y los dulces de leche.

el domicilio contaba con tres habitaciones pequeñas y la cocina; en la primera habitación se encontraba el nicho donde estaba depositado el Niño Dios vestido con un ropón blanco y potencias doradas y sobre otra mesita tenían la imagen de  Santa Rosa de Viterbo. En la segunda pieza se encontraban las pertenecías de las religiosas en baúles así como discretas camas de madera torneada y colchones de borra de lana, de ahí se comunicaba a un cuarto más pequeño donde murió la Madre Paz… y al fondo una cocina de teja donde hacia las frutas de horno,  dulces de leche y el marquesote (panque). Al centro de la  construcción una pila de agua cristalina y frondosos aguacates y membrillos”.[3]

La devoción al Niño Dios se extendió rápidamente en la población de Colón, a tal punto, que los fieles solicitaban entrar a verlo para elevar  plegarias por sus necesidades y la Madre Paz, su fiel devota, rezaba para pedir su intercesión; otros más le llevaban ofrendas, producto del trabajo del campo y de sus diversos oficios y que apoyaban a la manutención de las religiosas. Sin embargo, por los milagros atribuidos en su honor, la devoción fue creciendo al grado de venir mucha gente de la sierra, sobre todo durante las festividades de la Virgen de Soriano.

Cada diciembre, las religiosas permitían la veneración pública en el Santuario de Soriano (hoy Basílica) desde el 24 de diciembre para las fiestas de navidad, año nuevo y reyes. Eran las únicas fechas que el Niño salía de la casa y de su nicho. En 1985, La Madre Paz,  antes de fallecer, dispuso que la imagen de Santa Rosa de Viterbo regresara  a la ciudad de Santiago de Querétaro -su lugar de origen- y que el Niño Dios formara parte del patrimonio de la hoy Basílica de la Señora de los Dolores de Soriano.

En la actualidad esta venerada imagen se encuentra en un hermoso nicho, al costado derecho del interior de la Basílica de Soriano, donde antes eran los confesionarios. Es una imagen en madera tallada de aproximadamente sesenta centímetros y posiblemente fue hecha en el siglo XVIII. A más de alguno esta venerada imagen del Dios Niño noes recuerda cuánto hemos abandonado a nuestro niño interior provocando la falta de paz al espíritu de los seres humanos.

El Niño Dios… legado de la última Rosa a la Basílica y nombrado de las tres potencias[4], por los rayos metálicos puestos en su cabeza que simbolizan la luz.

Autor: Cristóbal Vega Prado, Cronista Municipal de Colón.

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes:

  • Entrevista a Doña Margarita Ugalde, con fecha 13 de junio de 2016. Asistió hasta su muerte a la Madre Paz, junto con Dolores Moreno y Don Lupe Moreno, vecinos de Colón. Ella se encargó de cumplir la voluntad de la última Rosa de ser enterrada en un ataúd color blanco.
  • Archivo en custodia de Antonio Prado Moreno, documentos de las Madres Rosas del Convento de Colón.
  • Documentos del Archivo de la Basílica de Soriano, relativo a las Madres Rosas y su depósito en la Capilla de Animas.
  1. ACOSTA, Vicente, “Noticias Históricas de la Villa de Colón”,Biblioteca del Congreso del Estado, 1937.
  2. CABRERA, Rosa,  “El Ciclo de vida de un espinoso rosal”, Calygrama, 2014

[1] La Madre Paz falleció el 13 de agosto de 1987, sus restos se encuentran en la Capilla de Animas, al interior de la Basílica Menor de Soriano.

[2] Prenda de lienzo que, ceñida al rostro, usan las religiosas para cubrir la cabeza

[3] Entrevista realizada a Doña Margarita Ugalde en su domicilio de calle Madero, con fecha 13 de junio de 2016.

[4] Representan la divinidad de Jesús. Su origen remite a un antiguo concepto de la filosofía aristotélica se distinguen las tres ‘potencias’ intelectivas: memoria, entendimiento y voluntad.

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