
En el antiguo Camino Real, que se conduce hacia Tolimán, antes de la intersección con Santa María del mexicano, se alza un puente sobre el arroyo conocido como “de las Ahogadas”. Este lugar, marcado por el flujo incesante del agua y el silencio de las piedras, es el epicentro de un sinfín de relatos inquietantes: apariciones fugaces, lamentos que se arrastran con el viento y sustos helados que han dejado a viajeros al borde del pánico, sin contar los numerosos accidentes vehiculares, muchos de ellos culminados en tragedia.
Entre los susurros populares, se dice que algunos han escuchado el llanto desgarrador de una mujer, un lamento que parece surgir de las entrañas del puente o del propio cauce del arroyo, sin que jamás se vea figura alguna. Aquellos que, movidos por una macabra curiosidad, intentan acercarse para desentrañar el origen de la pena, se ven envueltos en una atmósfera de confusión y miedo: el lamento parece moverse, resonando desde distintos puntos, como si una entidad invisible jugara con su cordura. Otros juran haber presenciado el avistamiento de bolas de fuego flotantes, atribuyéndolas a brujas ancestrales que buscan perder a los incautos entre los laberintos del camino y la oscuridad del cerro.
Pero hay un hecho, un eco registrado en la piedra y transmitido por generaciones, que se cierne como la sombra más densa sobre este paraje:
«En un tiempo, varias mujeres se encaminaron al arroyo para lavar su ropa. El agua, hinchada por el temporal de lluvias, fluía con una fuerza engañosamente tranquila. Las horas transcurrieron en charla y el frotar de la ropa sobre las rocas con lejía, para luego tenderla en los arbustos espinosos, donde ni el viento más fuerte lograría derribarla.
De repente, un rumor distante y creciente las hizo levantar la cabeza. Se miraron, los ojos fijos en la incertidumbre, sin pronunciar palabra, el lavado suspendido. Aquel ruido se acercaba con un estruendo ensordecedor, un golpeteo furioso entre las rocas. Era el agua, desatando su furia contenida tierras arriba. Ese día, una lluvia torrencial había caído, desatando una corriente que arrasaría con todo a su paso.
A ellas, la reacción les llegó tarde. Sus cuerpos fueron arrastrados sin piedad por la furia del agua, encontrando la muerte por las heridas o por ahogamiento. La verdad más aterradora es que nunca se localizaron sus restos. Desde entonces, sus almas, atrapadas en el limbo de la desesperación, penan eternamente en este sitio, sus lamentos mezclándose con el murmullo del arroyo.»
En la zona, como testimonio sombrío, una columna de cantera lleva una inscripción grabada en el tiempo:
«El día 7 de julio de 1911, aquí se ahogó la señora Petra del Rincón, su esposo suplica se eleve su oración al supremo por el descanso…»
Esta lápida solitaria es un recordatorio tangible de una tragedia específica que se suma a la atmósfera de desdicha.
Además, pastores, vaqueros y caminantes han reportado el avistamiento de animales míticos y grotescos. Algunos hablan de una serpiente emplumada deslizándose en las sombras, mientras otros describen un perro de tamaño descomunal que se cruza inesperadamente en la carretera, provocando que los conductores pierdan el control de sus vehículos en un instante de terror puro.
Otra narrativa popular añade una capa más oscura a la leyenda:
«Cerca de allí vivían dos matrimonios. Los esposos, viajeros constantes a la Ciudad de México por trabajo, dejaban a sus esposas solas por largos días. Una vez, regresaron antes de lo previsto, descubriendo la infidelidad de sus esposas. La ira los consumió. Como castigo, las arrastraron monte adentro, con la intención de colgarlas y ahorcarlas. Sin embargo, un arriero pasó por el lugar en el momento justo. Una de las mujeres aún respiraba; él cortó la soga, la subió a su mula y se la llevó hacia la Sierra. Nunca más se supo de ella. La otra, según la leyenda, es el alma que corresponde a la inscripción encontrada en el arroyo.»
«Las Ahogadas» es un lugar donde el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos parece peligrosamente delgado, un sitio donde cada sonido en la noche podría ser el lamento de una tragedia antigua o la manifestación de una sombra que busca compañía en la oscuridad.
¿Qué otros secretos crees que oculta el antiguo Camino Real?
Autor: Cristóbal Vega Prado – Cronista Municipal.
