Cuentan los antiguos del lugar que, a finales del siglo XIX, el pueblo de Ajuchitlán vivió tiempos de tensión y desesperación. La comunidad comenzó a enfrentarse con los dueños de la hacienda, todo por causa del manantial. Aquel manantial, fuente de vida, era propiedad de los hacendados, quienes, sin explicación alguna, comenzaron a negar el agua al pueblo.
Se dice que el Chan del Agua, un pequeño pero poderoso espíritu en forma de gusano de manantial, se enfureció al ver la injusticia y decidió llevarse el agua lejos, a otra población, con tal de que los hombres dejaran de pelear.
La sequía azotó a Ajuchitlán. La sed y la desesperación consumieron al pueblo. No tuvieron más remedio que buscar al Chan y rogarle que regresara. Lo buscaron con música, con alegría, con la promesa de reconciliación. Y el Chan, conmovido, trajo de vuelta el agua.
Pero algo cambió. Desde aquel día, el Chan ya no fue el mismo. Se dice que aún guarda rencor por las disputas humanas. Nadie lo ha visto, pero sus bramidos se escuchan en la oscuridad de la noche, cerca del agua. La gente ya no se atreve a pasar por allí después del anochecer. Quienes lo han encontrado describen una criatura animalesca que intenta arrastrarlos al fondo del manantial.
Desde entonces, el Chan del Agua sigue ahí, invisible, pero siempre presente, recordándole al pueblo que el agua se respeta… o se pierde.
